Septiembre de 1999. Después de haber pasado por el altar con mi novia, y estar casados nos fuimos de viaje de novios al Caribe. Lugar bonito donde los halla. Todo fue muy bonito, descubrimos la gastronomía Mexicana, su cultura, su gente y los monumentos que la civilización Maya dejaron para el resto de la eternidad.
Al volver de México, yo me quedé sin trabajo, la suerte que tiene uno, pero bueno eso no decayó en mi afán por seguir adelante y buscar otro. Desde esos días y hasta que volví a trabajar, estuve haciendo "chapuzas" por aquí y por ahí. Mi condición de hombre-multiusos y saber hacer casi de todo no me dio problemas, así que hasta enero de 2000 estuve aquí y allí.
A mediados de enero de ese año tuve la mala suerte de caerme escaleras a bajo y entre otras cosas me rompí el hombre en dos trozos, húmero y troquiter y lo más importante, el bazo. Estuve en el hospital 10 días ingresado sin moverme para nada, y luego en casa un mes entero sin poder moverme. A partir del segundo y hasta el tercero, solo podía ir de un sitio a otro despacio y con mucho cuidado. Durante este tiempo cogí unos kilos, bueno, no fueron muchos, pero los suficientes para pasar de 70 a 90 en tiempo record. El cuarto mes, ya empecé a moverme algo más y en el quinto ya me fui a trabajar, eso sí, lo justo para no hacerme más daño. Durante el primer año y el segundo, no me dejaron hacer deportes de contacto y tampoco de riesgo, así que mi estado era aparte de muy voluminoso, muy pesado y sin agilidad ninguna.
Fueron pasando los años, y lo único que hacía era comer, y comer, y de postre, pues comer, así que sin hacer nada el peso no bajaba ni un solo gramo. La gente siempre te recordaba que estabas muy gordo, que como te habías puesto de gordo, a uno ya se le empezaban a inflar las narices. El estado era lamentable, pero... para muestra, un botón.
Así llegué a enero de 2005, donde me plantee muy seriamente hacer algo.
El día 10 de ese año me propuse un gran reto. Bajar 20 kilos en 6 meses. Así que empecé por dejar de comer las cantidades industriales que por ese momento engullía, hacer algo de ejercicio para empezar a quemar la grasa acumulada y sobre todo, volver a ser yo mismo. Tras pasar el primer día corriendo mi primera vuelta a la manzana de bloques donde yo vivo, no es que tardara un día, sino que ese fue el primero, desencadenó en mí las ganas de ir superándome día a día, así que en las siguientes semanas mientras los kilos iban desapareciendo, cada día corría un poco más. Desde los primeros 300 metros hasta los 4 kilómetros sin parar y ahí fue cuando empecé a coger el gusto a esto de correr.
Los primeros 20' se me hacían algo pesados, no cogía el ritmo, así que cuando estaba a punto de abandonar, empecé a incrementar las distancias. Notaba que el cuerpo se sentía mejor con la larga distancia que con la corta. Así que unos tres días a la semana intentaba correr al menos unos 40' haciendo unos 7 kilómetros de placentero rodaje. Pasaron las semanas y los meses y después de ponerme un chip en el pie, y un dorsal en el pecho hago mi primer 10000. En mi pueblo, con un buen tiempo de 44'37'', aunque cuando salí a correr llevaba tiempo de 35' al final de la carrera. Mi inexperiencia y mi osadía me llevaron a hacerme polvo en la carrera y pasarlo realmente mal.
Dejé pasar el tiempo mientras seguía corriendo a mi manera, mis ritmos y mis tiempos. Llegó el verano y con ello mi osadía de buen corredor me llevó a irme en tren al trabajo y volver corriendo. Solo estaba a 17 kilómetros de casa, así que me aventuré a hacerlo y si no recuerdo mal, hice una hora y treinta y algo de minutos. Eso me dio fuerzas para ir incrementando la distancia, así que un mes después decidí hacer lo mismo, pero estaba vez me desviaría por una carretera secundaria y subiría un pequeño puerto de montaña para así meter altitud y distancia. En total sumarían 22 kilómetros que ya me dejarían un buen sabor de boca de no ser por mi inexperiencia y volver a cometer un error que pagué muy caro. Sin apenas haber comido y bebido me aventuré a correr a las 6:00 de la mañana después de haber estado toda la noche trabajando. Hasta el kilómetro once no tuve problemas, pero a partir de aquí la cosa se puso fea. Con las primeras rampas empecé a notar un hormigueo en las manos y en la nariz. Seguí corriendo en busca de una fuente para beber agua, pero en ese recorrido no conseguí ver ninguna. Las rampas cada vez más duras hacían que cada vez el hormigueo fuera mayor y con ello mi preocupación hasta que a falta de escasos 500 metros de la subida, encontrara una fuente y prácticamente la vaciara hasta llenar mi estomago. Continué subiendo pero ese malestar y ese hormigueo no dejaron de estar ahí. Conseguí coronar la montaña y a partir de aquí, la cosa pasó a ser peor. En el llano empecé a notar mareos y una sensación de flojedad bastante preocupante. Tuve que parar y agarrarme a una farola. Empecé a tener miedo. Decidí bajar andando por la carretera y después de pensármelo mucho rato, decidí parar a un coche para que me llevara hasta el pueblo de abajo y así poder llegar antes a casa. El buen hombre se asustó al verme la cara (Ya se que no soy muy guapo, pero la cara estaba blanca) y le expliqué mi osadía. Me ofreció ir a un bar a tomar un café, pero además, no llevaba dinero. El me invitó muy amablemente y yo acepté, pero a una cola. No hubo problemas, en cuestión de minutos el hormigueo remitió y la cara cambió por completo. Llegué a casa y decidí que la próxima vez lo haría mejor. Que no sería tan tonto de hacerlo tan mal para temer por mi vida. Evidentemente la charla que me dio mi mujer, fue de campeonato, pero en fin, eso es lo que tiene ser así, que pillas por todos los lados.